domingo, 23 de marzo de 2008

Se murió de pobre


Inocencio se murió de pobre.
Se levanta la fina cortina de humo, perdiéndose hacia el cielo gris; contoneándose como una bailarina vestida de negra.
El humo, que en su desplazamiento juega con la imaginación, también recuerda la figura de una gigante serpiente, en su lenta huida hacia las alturas.
El olor rancio, mescla de humos de leños verdes, cartón y humedad, produce escozor y lagrimeos al único poblador de aquel miserable rancho.
Inocencio Flores, el morador que llegó hace mucho tiempo a aquel paraje, sabe que alguna vez cruzó el ancho rio. Para escapar del “cuartel” prefirió trabajar en “lo que sea”.
Recuerda, vagamente, que alguna vez tenia mamá en el Paraguay, padre nunca tuvo, nació un niño “chimbo”.
Eso rememora con nostalgia en soledad, cuando ayudados por el aguardiente y las polkas paraguayas que tienen la virtud de (o la desgracia) de resucitarles algunos recuerdos nunca bien enterrados.
A veces también le aletea en el corazón, esquivas reminiscencias de lejanas infancias que incitan migajas de alegrías. En su juventud siempre fue huidizo para el afecto. Siempre prefirió andar en yunta con la libertad para no quedar nunca atado a algún sentimiento. La libertad y la juventud eran sus compañeros. Pero él no sabía que la libertad tenía una hermana; que alguna vez vendría de visita para quedarse: la soledad.
Inocencio tiene ahora 53 años, pero aparenta muchos más por su cuerpo delgado, rostro arrugado y andar encorvado. Es que en el trayecto de la existencia se olvidó de un cómplice insobornable: el tiempo.
Ahora, ya viejo y sin fuerzas sin posibilidad de pagar tan alto tributo, solo sobrevive, gracias al milagro de seguir respirando.
Inocencio, que en su juventud caminó con el sol, la lluvia, el frio, el calor; el agua y el fuego; (todas armas de los dioses mitológicos), ahora debe acercarse a la ventanilla del dios de todos los dioses y pagar el último tributo; el más caro.
Y una fría noche de otoño, se cansó de respirar; su historia también se perdió con él en el tiempo.
Inocencio se murió de pobre.

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