lunes, 10 de diciembre de 2007

Primavera..

El amor, único protagonista.
Por Rubén Guirland

Me vestí apurado. Quería llegar temprano al picnic que organizamos los compañeros del 2º curso. Para eso elegimos la casa del gordo Quiñones.
Una casa quinta, de amplio patio y arbolado que está un costado de la ciudad.
Yo era una pieza fundamental en la fiesta, debía llevar el “ranser”, mi tocadiscos portátil que funciona con 4 pilas.
Llegué a eso de las 3 y media. El día hacia gala del inicio de la estación. Nos iluminaba un sol radiante.
Primaveral, que apuraba a nuestras inocencias de juventud a experimentar nuevos sentimientos.
Más de media docena de compañeros ya estaban esperando mi llegada, para estrenar algunos simples.
Otilio Orué llega orgulloso con su long play del “trio galleta”, el surdo Centurión trajo un doble de Piero.
Una compañera consiguió uno de Juan Y Juan, otra trajo de Tormenta y yo llevé los iracundos (infaltable) , trocha angosta, rabito y otros.
A esta altura y en la emoción ya mi corazón aleteaba como una paloma asustada, en el vano intento de escapar de su jaula.
Mi angustia tenía un motivo: El amor
Cupido ha decidido que ha llegado el momento.
Estar enamorado. Ese dulce sufrimiento.
Angustia, miedo, incertidumbre.
Un sentimiento nuevo. Muy nuevo, que solo nombrarlo asusta.
Pronto llegan más compañeros, con sus jolgorios. El disco de los iracundos da vuelta y vuelta con el tema del momento: “primavera…primavera… que los compañeros piden una y otra ves.
Vitina, la alegre del grupo entre cantos y risas, invita bailar al grupo. Muchos se prenden. Otros compañeros se reúnen en pequeños grupos de dos tres para tomar coraje y así invitar a bailar a las chicas de sus preferencias. Casi todos éramos debutantes.
Y entonces aparece ella, motivo de mi desvelo. De mi temor, incertidumbre, aprensión.
Cabellos sueltos color miel, zapatillas, minifalda y su cuerpo de niña adolecente.
Apenas llega, el gordo Quiñones la invita una limonada, que ella rechaza. Entonces la toma de la mano y la lleva casi arrastrando a bailar, pese a su débil protesta.
En mi ranser gira el tema felicidad por los Iracundos…
Pronto el gordo Quiñones queda exhausto y me remplaza en la discoteca. Y mi oportunidad de bailar con ella.
El susto me invade, me gana mientras ella se acerca decidida y toma algo del refresco de la garra de cristal.
Después me mira directamente a los ojos y me invita a bailar.
Ojos color marrón, color miel que baja todas mis defensas..
La seguí hasta el centro de la pista.
6,7 pasos que fueron las escaleras al cielo.
La abracé (casi con torpeza y temor, al comienzo); pero pronto ella me anima y comenzamos a bailar muy juntos.
La tibieza de su cuerpo y el calor de sus manos me transportan a otra dimensión, hasta borrar de la escena a mis compañeros.
Solo eran reales la música, ella… y el amor.
Luego el tierno abrazo y el beso fugaz, casi robado. Se constituyen en el primer peldaño de la escalera al cielo… o al infierno.

No hay comentarios: