martes, 14 de abril de 2009

carta al primer nieto


Carta al primer nieto. ( por Ruben Guirland)
Tengo una preocupación, que me da vueltas y vueltas por la cabeza.
Ahora que tu y yo sabemos que vas a tener un hermanito (o hermanita).
Y es saber si en mi corazón queda espacio suficiente para tanto amor. Para amar a ese hermanito como te amo a ti.
Pero, estoy ahora más tranquilo. Porque personas grandes, abuelos que tienen muchos nietos y saben de esta situación me revelan que el amor por los nietos no se divide. Se multiplica.
Porque Dios agranda el corazón de cada abuelo para que tenga lugar suficiente el amor por cada nieto. Todo se multiplica.
Y saber eso me reconforta, y me hace feliz; en esta espera para agrandar mi corazón en el amor.
Por eso mí amado primer nieto no debemos estar triste, porque mis brazos y mi corazón siempre tendrán fuerzas para sostenerte.
Eso vos y yo lo sabemos, pero igual quería decírtelo.
A alguien necesitaba contarle, y quien mejor que vos.

domingo, 12 de abril de 2009

El verde numero 26



“El colectivo numero 26”
Un cuento de Ruben guirland

Volvió a caminar otra media cuadra. O quizás algo menos.
Y un nuevo descanso, para recobrar el aliento; antes de volver a avanzar.
Recuperar la fuerza, de a poco.
Todo un logro; o un fracaso.
Últimamente la parada está, cada vez más distante.
Con el paso del tiempo, los esfuerzos son cada vez más necesarios y los avances más pequeños y mezquinos.
Don Julián , jubilado del correo, sabe que cada paso es ahora un trabajo enorme. Su corazón y sus pulmones trabajan forzados y avisan sus límites.
Volver a descansar, para reponer fuerzas, darle tiempo a su cuerpo; tiempo que se le agota.
Descansar, antes de llegar hasta la parada del colectivo; son seis cuadras.
Apenas seis cuadras, sus pies que eran veloces y su cuerpo ágil ahora se resisten.
“Una cuadra y media, falta”- Calculó don Julián.
Pero este retraso para llegar hasta la parada le anuncia que el sol saldrá antes de que pueda abordar el colectivo.
¿Que colectivo era?- Se pregunta.
Últimamente le cuesta recordar el número del colectivo que lo lleva al centro. Mientras descansa sentado en la vereda recuerda: “es el 26, de color verde”.
Después levanta su mirada hacia el cielo.
Amanece.
Como si fuera barrido por una aspiradora gigante el cielo gris y oscuro se despeja. Nace un nuevo día, límpido e infinitamente azul.
Nace un nuevo día.
El sol, pronto después de un bostezo, volverá a barrer con sus rayos cada rincón del planeta.
El colectivo. “El verde Numero 26” ya paso.
Pero para Julián, el jubilado, eso ya no importa.
Está dormido Se quedó dormido, en un sueño eterno en la vereda a media cuadra de la parada del colectivo.
En el Banco será borrado de las listas de los jubilados que cobran, en el barrio será pronto olvidado
Pero eso ya no le importa. Ahora puede volar, sin cansancio en el tiempo y las distancias, sin cansarse.
Ya carece de importancia perder “el colectivo verde numero 26”.

por acá va a pasar el asfalto


Por acá va a pasar el asfalto.

(Por Ruben guirland)
Por acá va a pasar el asfalto- le avisaron a Tomás.
Don Tomas no entendió, o no quiso entender de qué se trataba. Se limitó a “liar” su cigarro y se guardó su pensamiento. Como si dentro del cigarro depositara todas sus emociones.
37 grados a la sombra, calor que raja la tierra.
Unos muchachos de camisa gris y corbata oscura, carpeta en mano, rastrillan el lugar para censar a sus ocupantes.
Lugar tranquilo, silencioso. Solo algunas gallinas sueltas cacarean, ladridos esporádicos de algún perro flaco, hacen a la rutina del lugar.
Allí vive gente mayor, ancianos de condición humilde. Gente sencilla, que ya hace tiempo perdieron las fuerzas para gambetear a la pobreza. Y sin otro recurso, se amigaron con las necesidades cotidianas.
Nunca aprendieron a defenderse con palabras.
Antes no había necesidad, no hacía falta aprender a defender lo que a uno le pertenece por generación.
La existencia era más mansa, respetuosa y servicial.
“Pobres diablos”-murmura para su compañero de tarea uno de los censistas-en referencia a los ocupantes de la tierra.
“Hum”—contesta el otro-, quizás menos sensible, o solo menos observador de la situación.
Producto del censo, tarea de rutina en la semana que cambiará la tradición de esos pobladores.
Solo son visitados para los censos, en época de elecciones
O cuando alguna enfermedad endémica preocupa o molesta a la gente, porque puede propagarse al centro, y hay que buscar el origen.
Y ahora viene la expulsión.
Pero el censo no es una causa es un efecto, una consecuencia.
Entonces porque le duele realizar aquel trabajo: solo censar .
La carpeta azul bajo el brazo, pesa, empujado por la conciencia de lo que no es culpable, ni inocente.
Está afuera de las decisiones, pero también adentro. Porque se encuentra dentro del sistema. Deben ser censados todos, para erradicarlos.
Para que el sistema lo reubique en algún lugar que ellos jamás eligieron.
Pobres desterrados.
Pesa la carpeta.
Pesan las preguntas.
Duelen las repuestas..Entrecortadas. Como un suspiro de la existencia.
Pobre gente.
Cuantas historias…Recuerdos…
Reubicarlos.
Muchos de los pobladores ya son muy viejos, para eso. Para comenzar de nuevo.
Entonces, como hacer?.
No censar.
Hacerlos invisible. Que no existen.
Así como siempre fueron invisibles para las autoridades. Nunca existieron para el reparto de las riquezas materiales, ni al momento de curar sus enfermedades.
O encontrar consuelo a sus tristezas por la partida de unos parientes a la capital, o al cielo.
O de un hijo en busca de un futuro mejor a un país lejano, de costumbres diferentes.
Nunca hubo contención.
El censista miró al cielo.
Como buscando una explicitación en el infinito.
Pero la repuesta no está tan alto. Esta aquí en la tierra. Entre los hombres.
La desigualdad es obra del hombre.
Ni siquiera del diablo.
El sudor del verano mancha la camisa del censista.
Sombra oscura en la camisa, igual que en la conciencia.
Pobre diablo.
El censado.

sábado, 27 de septiembre de 2008

ELÍAS


El abuelo que conocí.
A medida que va pasando el tiempo, las reminiscencias son cada vez más recurrentes. Recuerdos nítidos y puros, aunque fugaces y repentinos, como remolinos de agosto en la polvareda del tiempo.
Es que el abuelo unió lazos familiares muy fuertes; sembró historias.
Fui participe de muchos de los hechos, que después de más de casi medio siglo, me siguen sorprendiendo y me llenan de orgullo.
El abuelo, protagonista principal, tenía un afecto hasta diría, a veces obsesivo por cuidar la naturaleza en todas sus formas: las plantas, el agua y los animales.

Hombre de “palabras”, campesino arraigado a su tierra,, recuerdo sus lamentos, cuando el estado le expropio una porción; era para construir el asfaltado de la principal ruta del país.
Fue como perder un miembro de su cuerpo, nunca dejo de lamentarse.
Cuando llegó el asfalto, (década del sesenta) frente a su casa vivió de pie muchos años un gigante y solitario “casuarina”, que con el viento aullaba en silbidos o lamentos permanentes. Con su soledad y su altura era la guía, la señal obligatoria para los lugareños.
Esta casuarina; era el único árbol solitario, ermitaño que tenía el abuelo.

Porque en el fondo de la casa estaban los arboles frutales, arboles silvestres y plantados convivían juntos protegidos y venerados por el abuelo.
Todos plantados y cuidados para proporcionar sus frutas para los descendientes del abuelo.
Nosotros, competíamos entre nosotros y con los pájaros por las frutas de la estación; era la mayor satisfacción para el abuelo ver a sus nietos disfrutar de los alimentos.
En la chacra cultivaba todos los productos agrícolas en pequeñas parcelas, que él mismo se encargaba de mantener. Amaba la tierra y sus riquezas, por eso, hasta los últimos días de su existencia cuidada su chacra.
El abuelo que vivía retirado a un kilometro del pueblito, no disimulaba sus alegría con las visitas de sus nietos.

Tantos recuerdos de lagunas, de caballos, bueyes, de frutales, de la paz del campo abierto guardo de mi abuelo.
El abuelo Elías, aquel abuelo que sí conocí.

viernes, 19 de septiembre de 2008

como el viento


Como el viento. (R.Guirland)
La primavera produce en mi, sensaciones encontradas.
Ver tanta juventud disfrutando de la estación de la primavera, me hace preguntar…
¿Acaso se da cuenta o ignoran que ellos son la primavera…?
Quisiera que no me ignoren y que me pregunten si los veo…
Quisiera extenderme, materializarme….hacerles saber que siempre los acaricio; los abrazo suave, las rozo sin cansarme nunca, aunque a veces no me sienten. Siempre los espero, en cualquier lugar.
Si acaso me encuentran, igual no me ven… aunque perciban mi presencia. Soy frágil y poderoso como el viento. Puedo mover el mundo, pero necesito que me vean y sí, algún día eso sucede, les aseguro que puedo cambiar el universo. Soy el amor.

jueves, 24 de julio de 2008

El mendigo


Mi libertad
Te dejo en libertad-me dijo.
Como si yo fuera un ave cautivo, un pájaro en jaula deseoso de volar.
Me soltó las manos y me dejó libre.
Ciertamente, soy un pájaro cautivo, pero de puerta abierta.
Como un ave, que a pesar de tener alas nunca aprendió a remontarse. No hacia falta, mi alimento estaba allí, era ella.
Ella sabe que la libertad es mi condena. Si me enseñó a beber la esencia de la vida en sus manos; de nada me sirve ahora la jaula abierta.
“Tú eres libre. Yo necesito mi espacio”- me dijo.
“Necesito distancia, para ordenar mis sentimientos”.
Han pasado muchos tiempos desde entones.
Me quedé libre.
Me quedé solo y sin saber volar, caí al precipicio.
Allí perdí todo, mi dignidad, mi alma, mi cuerpo.
La esencia, el sentido de la vida. Todos se desvanecieron con la libertad.
Ahora me alimento con migajas de recuerdos.
Ahora que tengo la edad de Cristo.
33 años.
Pero ciertamente, es la edad en que murió. Lo mataron.
Ahora lo recuerdo.
En esta noche estrellada, mientras intento dormir en este frío y duro banco de esta plaza.
Mi cuerpo adormecido ya se acostumbró a la intemperie.
De mi alma no puedo hablar, porque quizás ya me abandonó.
Solo juntaré un poco más de cartón, y si mi cuerpo no soporta el frio me uniré con los otros juntos al leño encendido.
Suerte que siempre consigo moneditas para comprar el alcohol.
Sirve para ahogar la angustia, adormecer los recuerdos de ella.
Y viajar al puerto de sus sonrisas, al calor de sus abrazos.
Ahora intentare dormir sobre este banco duro. Y si me ves dormido con una sonrisa entre los labios, no intente despertarme.
Porque entonces, habré aprendido a volar y vuelto a encontrar mi alma.
Por eso te pido, perro, mi fiel amigo no intente despertarme.
Porque, entonces habré abandonado este cuerpo de mendigo.

viernes, 27 de junio de 2008

las estaciones de la vida



Las hojas de otoño (Por R.Guirland)
Las secas y muertas hojas amarrillas, en vano intentan levantar vuelos.
Empujados por el frio viento del otoño, arrastrados por el piso o en vuelos torpes rasantes, solo consiguen alegarse del lugar.
Desde mi cuarto las veo pasar, las imagino como mariposas moribundas en sus huidas desesperadas.
Huir hacia donde y de que?.
Vano e inútil, ya son hojas muertas…
Miro y contemplo a los arboles despojarse de sus hojas. Las veo enflaquecerse, padecer del frio sin el abrigo de sus hojas.
Del vidrio del amplio ventanal, apuradas por los tibios rayos del sol, se deslizan las últimas gotas mañaneras.
Las imagino como son, recurrentes lagrimas de otoño; apuradas, furtivas, tímidas y temerosas.
Es la vuelta de la estación de las flores marchitas, del brote y las perdidas de las hojas.
Sola una de las cuatro estaciones del año; del abrigo, de la bufanda, del resfrió; de las alergias.

Metáfora de las cuatro estaciones de la vida; otoño es la que más me gusta.
La que hace brotar mis sensaciones, el timón de mi estado de animo, la barca de mi nostalgia repetido.
Con cada vuelta del almanaque más pesa este otoño; el sol provoca más frio que calor en el cuerpo y el alma.
La realidad me señala y castiga; en la arena de MI tiempo voy gastando de a uno las estaciones de mi vida.
Y entonces vuelvo a mirar aquellos arboles desnudos; y ahora ya no siento lastimas por ellos.
Siento envidia.
Profundo celos por la creación, porque ellos cada año volverán a vivir las cuatro estaciones.
He visto pasar, tantas primaveras.

Pero la mía; la mía pasa solo una ves en la vida